LA HISTORIA DE LA LAGUNA DE ORTICES

Esta es la historia de la creación de la Laguna de Ortices (Santander) tal como me la contó doña Soraya, una vecina de la laguna. Y a ella a su vez se la contó su padre y a este su nono. Así es como la cuento yo, a partir de lo que anoté de su historia y de lo que pude retener en mi memoria.

Cuentan que antes cuando el pueblo que queda al lado de la laguna eran apenas unas cuantas casas llegó una joven con su esposo y su hija buscando un lugar donde poder montar un ranchito en la parte plana. Esta joven se llamaba Juana Ortiz. Sin embargo, las personas que vivían por ese entonces en El Rodeo (el pueblo) eran muy mezquinas y envidiosas por lo que nadie les dio un trozo de tierra donde montar su rancho y les dijeron que el único lugar disponible era en la selva que quedaba detrás del pueblo. Juana y su familia se dirigieron a esta selva y después de tumbar el monte construyeron por fin su rancho. Entonces en la mitad del patio de la casa, la joven Juana puso un platón de metal lleno de agua, este platón fue creciendo y creciendo hasta tragarse la casa y todo el monte. Así nació la laguna. Tras Juana volverse laguna, su esposo entonces se fue para la parte alta donde se convirtió en otra laguna y su hija a la Mesa de los Santos donde también se convirtió en otra. Por eso estas tres lagunas son familia.

Pero la laguna en que se convirtió Juana era brava. Nadie podía arrojarle piedras porque el cielo se cubría de nubes y de repente empezaba a caer una tormenta de granizo. También las personas que tenía que cruzar por su orilla para poder ir a San Andrés, la laguna los atacaba con grandes olas como si fuera un mar y se los tragaba. Sin embargo, era el único lugar donde se podía lavar ropa en el pueblo, así que con todo y su bravura, las mujeres tenían que ir a sus orillas para poder lavar la ropa, todas excepto la ropa blanca, porque doña Juana la detesta.

Doña Juana además atraía a las personas. Cuentan que desde que apareció la laguna surgían de ellas cerdos y bebés de oro que bajaban al pueblo pero que nadie podía coger. También en la noche del jueves santo, si se paraba uno sobre una piedra blanca de la laguna aparecía frente a los ojos de las personas un pueblo entero hecho en oro. Todas las montañas se llenaban de casas como si fuera Bogotá, así de grande. También seducía a las mujeres con sus juncos llenos de flores hermosas, las más hermosas que hayan visto por estas tierras, entonces cuando las mujeres trataban de coger las flores, los juncos las atrapaban y las ahogaban. Pero pasó que un día que llegaron unos gringos al pueblo y enterándose de las historias de oro empezaron a investigar al respecto y encontraron unas piedras cargaditas en oro y esmeraldas que se llevaron para su país. Desde entonces las criaturas y la ciudad de oro dejaron de aparecer. Pero la laguna seguía siendo brava, más brava que nunca.

Sucedió entonces que, como para esa época no había iglesia ni cura en el pueblo, tenía que bajar el padre de San Andrés hasta El Rodeo una vez cada año. El padre venía para realizar los bautizos y los matrimonios, oficializaba la eucaristía y partía de nuevo. Una vez, terminadas sus labores en el pueblo, el padre cogió camino rumbo a San Andrés junto con un niño chiquito que hacía de sacristán. Entonces la laguna, furiosa atacó el padre y al niño tragándose al pequeño. El padre para calmarla le arrojó el cáliz y el cinto y con esto la laguna dejó de ser brava para siempre. Sin embargo aquel niño nunca más se volvió a ver.También se cuenta que Doña Juana, ya vieja, salía de vez en cuando de la laguna y subía hasta el pueblo de San Andrés en los días de mercado, entonces compraba algunas cosas y hablaba con el padre, la única persona con la que se podía comunicar. El padre la reconocía porque era una viejita pequeña de trenzas largas y negras que siempre cargaba una gotica de agua bajo el mentón, ahí Doña Juana llevaba el agua encantada de la laguna. También cuentan que una vez otro padre bajó hasta la laguna para hablar con doña Juana, entonces ella le dijo que quería irse de ahí, llevarse la laguna a otro sitio pero que para eso necesitaba su permiso porque es él quien mandaba ahora en estas tierras. Entonces el padre le dijo que le permitiría irse y llevarse la laguna en una cascarita de huevo pero con la condición de que devolviera el cáliz, el cinto y el niño. Doña Juana se puso brava y sentenció: el es mi hijo, yo lo he criado desde que era un niño, ahora es un hombre que me pertenece, nunca se lo voy a devolver. Entonces el padre, sin ningún rastro de miedo contestó: si no me das al niño nunca te irás de acá, vivirás siempre en este valle y entre estas montañas.
Aún así, otras personas en el pueblo cuentan que la laguna todavía quiere irse, quiere volver con su esposo y su hija y que por eso, en algún momento se desbordará y saldrá buscando a su familia llevándose a su paso todo lo que se le interponga. 


Emerson A. Buitrago

Antropólogo